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Nuestra portada

Extracción de la piedra de la locura” es el título de la obra de Hyerónimus Bosch (El Bosco), realizada entre 1475 y 1480, la cual es exhibida actualmente en el museo del Prado en Madrid, España y hemos tomado como imagen de nuestra portada.

Como toda la obra de El Bosco, esta imagen se encuentra plagada de alegorías y metáforas pictóricas que aluden a una concepción del mundo y la naturaleza, tanto física como humana.

En esta pintura se puede apreciar una escena en la que un médico, que ostenta un embudo sobre la cabeza a manera de tocado o sombrero, extrae del lóbulo frontal a un individuo -acaso su paciente- la llamada “piedra de la locura“, mientras le acompaña un clérigo sosteniendo una jarra y observa la intervención una mujer con apariencia de monja, misma que sostiene sobre la cabeza un libro cerrado; todo ello con un paraje campirano al fondo.

Entre la multiplicidad de interpretaciones que es posible hacer de esta escena, como elemento gráfico descriptivo, una lectura que por si misma conduce inevitablemente a una serie de interpretaciones iconográficas asociadas con el advenimiento de una metodología científica de la medicina es: la objetivación del síntoma patológico.

Es sabido que ya desde la mas remota antigüedad, los médicos egipciós practicaban trepanaciones craneales con fines curativos, y a lo largo de la historia de la medicina se cuenta con evidencias de este tipo de prácticas, ya sea con el propósito de curar algún supuesto mal, o con el de explorar anatómica y funcionalmente el cerebro.

La piedra de la locura, decimos, es la objetivación del síntoma, es el tratar de hacer entrar en la escena de nuestra realidad ese algo tangible, ese algo concreto y visible de ese otro algo que no tiene una fijación en el mundo objetivo de la razón, de ese otro algo que escapa a cualquier intento de asirlo para ser explorado, observado, cuantificado y analizado desde la rigurosa y caprichosa metodología científica, desde las ciencias de la salud y de la medicina psiquiátrica, es el vano intento por corporizar lo etéreo, cual etéreo es el pensamiento, cual etérea es la mente y la razón humanas.

En la época de Bosch, la ciencia se encontraba en ciernes, apuntaba hacia los principios de la objetivación científica; ante la necesidad de atribuir una causa a la locura, la ciencia en pañales buscaba (cono lo sigue haciendo hasta nuestros días) esa causa orgánica, esa materialización pétrea de lo subjetivo y esa objetivación de lo inasible.

La religión se coloca a la par de la ciencia al dictaminar la diferencia entre el bien y el mal, aparejado al binomio salud-enfermedad; la concepción religiosa de la locura es asimilada al pecado, a la posesión demoníaca, a la personificación del mal que aqueja al espíritu y por tanto desde su posición debe igualmente ser saneado; de ahí la presencia del sacerdote o clérigo en la escena de El Bosco.

Así, el cuadro de El Bosco nos remite a esa perspectiva positivista de pretender la visibilidad del síntoma, en aras de validar y legitimar un posicionamiento científico como doctrina a seguir, al pretender escudriñar la piedra donde no la hay, capturar y extirpar del sujeto el pathos informe e intangible, materializado y petrificado desde la perspectiva de una psicopatología fenomenológica.

Texto basado en: Páez, Y. (2012) La piedra de la locura o la verdad del percipiens. Investigación y Desarrollo, Vol. 20, Num. 1 (116-141). Colombia. Universidad del Norte.

El Bosco.“Extracción de la piedra de la locura” (1475-1480). Madrid: Museo del Prado

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Bienvenidos

Les damos la más cordial bienvenida a este sitio dedicado a la construcción colectiva de conocimientos en torno a la antipsiquiatría, como corriente de pensamiento crítico ante la patologización de la diferencia y la práctica hegemónica de los paradigmas medico-psiquiatricos en el ámbito de las denominadas ciencias de la salud.

Ponemos este espacio a su disposición con el fin de tener un punto de encuentro, diálogo y reflexión acerca de los postulados, premisas y puntos de vista de la antipsiquiatría, con la idea de ampliar las perspectivas teóricas y práxicas de los profesionales de la psicología.

Como complemento a este saludo de bienvenida les compartimos un texto de Antonin Artaud (1925) esperando sea de su agrado y movilice hacia la reflexión crítica desde la perspectiva de la antipsiquiatría:

“Carta a los directores de asilos de locos”

“Señores:

Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?

No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres -incapacitados o no- de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.

¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.

No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluidos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.

Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.

Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza” (Artaud, A. 1925).